4 Min de lectura | El colocador del Aoba Johsai, uno de los principales antagonistas de Haikyuu, presenta una de las personalidades más atractivas y humanas del anime.

Haikyuuu se ha convertido en los últimos años en uno de los fenómenos deportivos y culturales más importantes. Su éxito ha servido para poner en el mapa al voleibol, un deporte que si bien no era minoritario no contaba con gran protagonismo en la escena mediática.

Los carteles publicitarios de este deporte cuentan ahora con la figura y la presencia de las estrellas de la serie de animación: Shoyo Hinata, Tobio Kageyama y Yū Nishinoya han protagonizado incluso un arco especial en el que comparten equipo con jugadores reales de la selección nacional japonesa.

Gran parte de su popularidad se basa en la capacidad del mangaka Haruichi Furudate de dotar de una personalidad carismática y atractiva a sus dos grandes protagonistas sin perder el foco en el resto de miembros que aparecen en su trama. Si bien todo gira en torno a Hinata y Kageyama, los demás personajes cuentan con sus propias motivaciones e inquietudes que complementan a estos y permite construir un universo narrativo muy rico.

A pesar de ser una serie dirigida a todos los públicos, se muestran problemas y preocupaciones propias del ámbito del deporte profesional. En Haikyuu, las derrotas de los rivales del Karasuno (equipo de los protagonistas) se sienten como la de ellos mismos gracias a una excelente humanización de todos los personajes.

Tooru Oikawa: la maldición del mediocre

Uno de los personajes que brilla con más luz propia es Tooru Oikawa, presentado como el primer gran villano y el alter ego de Kageyama. El colocador del Aoba Johsai aparece en principio como un adolescente enamorado del voleibol, irreverente, orgulloso y con gran autoestima. Pero es necesario seguir quitando capas superficiales para hallar su verdadera personalidad, que dista bastante de la imagen exterior que da.

Oikawa vivió toda su carrera deportiva amateur a la sombra de dos personas: el propio Kageyama, con quien compartió equipo en sus inicios y cuyo potencial eclipsó a todos hasta el punto de que llegaron a considerarlo su sustituto; y Ushijima, el capitán del equipo que siempre acababa derrotándolo.

Es a través de su figura con la que Haikyuu choca con el idealismo positivista de las series deportivas o los grandes eslóganes deportivos que proclaman que todos tenemos un talento natural en nuestro interior y que a través del esfuerzo y la superación puede lograrse sin límites.

Oikawa no cuenta con el talento natural de sus principales rivales. Es consciente de que necesita realizar un esfuerzo mayor que ellos no ya para estar a su misma altura sino para que la brecha no sea extremadamente grande.

A lo largo de la serie, es el personaje más herido y frustrado de todos. Su madurez se vio afectada por la tortura de verse inferior a los demás, por maldecir constantemente no estar a la altura del reto incluso a pesar de entrenarse con todas sus fuerzas para serlo. Pero ningún obstáculo será lo suficientemente grande para pararlo. Su mayor arma es su orgullo, su guía en el camino hacia su propia redención.

Es precisamente gracias a su mejor amigo, Hajime Iwaizumi, que encuentra la respuesta para lidiar con este peso: el voleibol es un deporte en el que compiten 6 personas sobre la cancha y nunca se está solo. Para enfrentar a los ungidos por el dios del voley, Oikawa fue consciente de la necesidad de entrenarse para sacar el máximo de sus compañeros.

El síndrome del impostor

Tooru Oikawa se pasó toda su infancia renegando de sí mismo, castigándose por no llegar adonde puso el ojo por culpa de una autoexigencia desmedida. Eso le creó un trauma que, si bien no lo reconoce en la serie, lo da a entender cuando habla con su amigo Iwaizumi: este le pregunta qué piensa hacer cuando gane el torneo regional, a lo que le responde que ponerse manos a la obra para el nacional. “¿Tan pronto se te olvidan los logros?”, responde sorprendido su compañero.

La personalidad e historia de Oikawa encaja a la perfección con un fenómeno psicológico como síndrome del impostor —descubierto en 1978 por las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes—, en el que las personas que lo sufren no pueden reconocer todo aquello que han conseguido en su vida viven en la ansiedad constante de que el mundo descubre que son auténticos mediocres.

Si bien es cierto que Oikawa es consciente de su inteligencia y habilidades pulidas a base de trabajo duro y constancia, su personalidad encaja a la perfección con el síndrome: falta de confianza, constante sensación de fracaso, baja autoestima —aunque exterioriza lo contrario—envidia… Se enjuicia constantemente, la presión constante por ser mejor, la pérdida de actividad social, etc.

La existencia de su figura en la serie, la eleva por encima de otras del mismo género. Sus miedos, ansiedades e inseguridades son la cara oculta del deporte, la que más difícil de percibir ya que es la que menos se exterioriza. Y Haikyuu la presenta de forma natural, como un rival que sirve para hacer progresar a los protagonistas, para plantarnos de lleno en las rutinas de jóvenes deportistas que sueñan con ser profesionales.

A pesar de que su papel en la trama es menor que la de los componentes del Karasuno, el eco de su figura conecta directamente con el espectador, que posiblemente lidie diariamente con todos esos miedos, inseguridades, frustraciones y ansiedades que marcan su figura.

No es el más simpático, el más agradable o el que más éxitos reúne, pero Tooru Oikawa es uno de los mejores ejemplos que explican por qué Haikyuu es más que una serie de adolescentes que practican voleibol.

Periodista especializado
Colaborador de MAPFRE