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Speakeasy: los bares ocultos de Nueva York

6 minutos | Sumérgete en la América de la prohibición de principios de siglo. Fúndete en los bares de Nueva York aún ocultos que mantienen esa atmósfera fascinante de gánsteres y licores de contrabando. Te presentamos los mejores speakeasy de la ciudad.

¿Has oído hablar de los speakeasy? Casi todas las ciudades tienen uno, pero Nueva York es la cuna de estos bares secretos a los que muy pocos tienen acceso. A principios del siglo XX, en plena Ley Seca -la polémica medida que impedía la elaboración y consumo de bebidas-, los establecimientos buscaron la forma de esconderse de la Ley sin renunciar a su clientela.

A pesar de que la prohibición terminó, aquellos bares mantuvieron su esencia y aún hoy es posible encontrar bares speakeasy a puerta cerrada cuya entrada no es discriminatoria, pero solo se puede acceder a ellos si se tiene la contraseña o la dirección. Si ya has visto los principales monumentos de la ciudad de los rascacielos, una buena opción es iniciar un tour por sus bares clandestinos.

”¡Hablad con calma!”

En realidad, el termino speakeasy se usó por primera vez en Pensilvania en 1888, casi tres décadas antes de la Ley Seca. Por aquel entonces, el estado había aumentado los impuestos que debían pagar los bares en un 900 por ciento. Una cifra tan alta que muchos optaron por abrir locales ilegales.

Según cuentan los cronistas, Kate Hester, una mujer que dirigía un bar ilegal a las afueras de Pittsburg, ante el miedo de que el ruido pudiera alertar de su actividad, advertía a sus clientes diciendo speak easy, boys!”, lo que quiere decir “hablad con calma”.

Posteriormente, el término se recuperó en los tiempos de la Ley Seca, cuando proliferaron también este tipo de locales. Aquellos bares que imaginamos llenos de humo, oscuros, situados en sótanos, regentados por hombres con sombreros de Borsalino, traje de rayas y zapatos de charol blanco y negro.

Una imagen nada descabellada si tenemos en cuenta que la mayoría estaban dirigidos por la mafia, que era la que manejaba el tráfico de alcohol. Uno de ellos, el más famoso, era Al Capone. Se dice que su bar (el Green Mill Lounge de Chicago), al que acudían gánsteres, estrellas de cine y músicos de jazz para brindar con champán y Martinis, contaba con túneles secretos para escapar de la policía en caso de ser descubiertos.

Además, el mafioso tenía la costumbre de sentarse siempre en el mismo lugar, al final del bar, de frente a la puerta, para ver si el que entraba por la puerta era amigo o policía. Cualquier precaución era poca.

Scott Fitzgerald retrata muy bien aquellos controvertidos años veinte en su libro The Great Gatsby (que también cuenta con su adaptación al cine), cuyo argumento gira en torno a la prohibición de alcohol y al mercado negro, desde los productores ilegales denominados moonshiners, hasta los distribuidores, conocidos como bootleggers, para llegar finalmente a los speakeasy de Nueva York.

El legado de los bares clandestinos

Lo cierto es que aquella turbulenta Ley logró reducir las tasas de mortalidad por cirrosis, el número de admisiones en centros psiquiátricos por psicosis alcohólica y los arrestos por embriaguez pública. Pero en el lado opuesto, incrementó las actividades clandestinas y el crimen organizado.

En 1925, la ciudad de Nueva York contaba ya con hasta 100.000 clubes clandestinos, de los cuales muchos de ellos han perdurado hasta nuestros días. También fue el origen de los cócteles que degustamos en la actualidad, ya que otra de las artimañas para pasar desapercibidos era mezclar el alcohol con zumos de frutas y disimular así el sabor.

Los speakeasy de hoy, además de sumergir al cliente en el ambiente de la época, ofrecen una amplia carta de licores y cócteles típicos de aquellos años. Incluso sus gerentes han querido mantener la tradición de darse a conocer por el boca a boca y solicitar una contraseña para entrar. Si te apasiona este pasaje de la historia, en tu viaje a Nueva York no puedes dejar de visitar algunos de los mejores locales (i)legales de la ciudad.

Los mejores speakeasy de Nueva York

Si quieres visitar los speakeasy de Nueva York, la primera recomendación es que prepares tu recorrido antes de salir y apuntes todas las direcciones. Hay bares cuya entrada es tan discreta y pasa tan desapercibida que jamás te imaginarías que dentro se esconde un local.

Please Don’t Tell

Este bar -cuya traducción literal es “por favor, no lo digas”- se encuentra en el 113 de St. Marks Place (East Village).

Para encontrarlo tienes que buscar el cartel de la salchicha gigante en la que pone “Eat me” y entrar en el Crif Dogs, un establecimiento de perritos calientes. Dirígete a la caja, y a la izquierda verás una cabina de teléfonos cerrada. Esa es la entrada al bar clandestino, situado al otro lado de la pared. Debes descolgar el teléfono, marcar el uno, y entonces se abrirá una falsa puerta que da acceso a otra época.

Es un local oscuro, pequeño y acogedor, ideal para ir en pareja o en grupos reducidos. A pesar de ser secreto, se ha hecho tan popular que lo mejor es reservar previamente por teléfono. Una vez dentro, no puedes dejar de probar algunos de sus originales cócteles, como el Old Fashioned con infusión de bacon, o el Cutty Sark Prohibition, que rememora la época de la Ley Seca.

Death & Co

Muy cerca del anterior, en 433 E 6th St (Lower East Side), se encuentra otro bar clandestino con mucho encanto. Su nombre (traducido como “Muerte y Cía.”), viene de que en los años de la Ley Seca se decía que una vida con alcohol estaba ensombrecida por la muerte.

Para entrar no hay que seguir ninguna tapadera. Sólo hay una puerta sombría, sin nombre en la fachada, en la que encontrarás al portero, que si hay sitio te dejará entrar. Para mantener el secretismo, no admiten reservas, pero si no hay sitio puedes dejarte tu teléfono y él te avisará cuando lo haya.

Su joya es su inmejorable carta de cócteles creados por Jillian Vose. Y tampoco hay que perderse sus patatas fritas con queso azul y cebolla.

Apothéke

Situado en 9 Doyers St (Chinatown) se encuentra este speakeasy camuflado como uno de los muchos restaurantes cutres de la zona. Por fuera verás un cartel en el que pone Gold Flower Restaurant, y al lado un pequeño letrero en el que puede leerse Chemists.

Ese es el lugar. Su peculiaridad es que, aparentemente, entras en una farmacia. Los camareros van vestidos con batas blancas y los cócteles tienen nombre de medicamentos.

Se recomienda ir los miércoles, que es cuando celebran su Prohibition Day con música jazz en directo. Pero para eso, primero debes reservar escribiéndoles un email para que te envíen la contraseña.

The Back Room

Otro speakeasy que merece la pena visitar, sobre todo porque es uno de los pocos de la época que continúan abiertos, es el que hay ubicado en el 102 de Norfolk Street (Lower East Side).

Su acceso no es nada fácil, siendo casi imposible encontrarlo si no sabes a dónde dirigirte. Verás una puerta en una verja en la que hay un cartel que pone The Lower East Side Toy Company. Ábrela, baja las escaleras, atraviesa un sucio callejón. Al fondo verás unas escaleras negras. Sube por la de la derecha hasta llegar a una puerta negra.

Empújala y automáticamente entrarás en el siglo pasado: luz tenue, sofás de terciopelo rojo, muebles y suelo de madera, alfombras antiguas y mucha gente tomando sus cócteles en tazas o en botellas metidas en bolsas de papel, tal y como se hacía en los años de la Ley Seca. También se mantiene de la época la falsa biblioteca que usan los camareros para entrar y salir.

Chumley´s

Quizá el local antiguo más famoso de la ciudad sea el que está situado en el 86 Bedford Street (entre las calles Grove y Barrow) de Greenwich Village (Manhattan). Un speakeasy original de los años veinte. En 1922, Leland Stanford Chumley convirtió una antigua herrería en un local para consumir alcohol en la época de la prohibición.

Este bar clandestino se convirtió en el punto de encuentro elegido por escritores, poetas, dramaturgos, periodistas y activistas influyentes, incluidos miembros de los movimientos de la Generación Perdida y de la Generación Beat.

En la actualidad, ha cambiado su orientación. Tras su remodelación se ha convertido en un restaurante, aunque la decoración mantiene la esencial original. Todavía está equipado con las trampas y las escaleras secretas que forman parte de su elaborado subterfugio.

El acceso no está señalizado. La entrada por Barrow Street se encuentra al final de un patio anodino (The Garden Door). La otra entrada, que tampoco está señalizada, es por Bedford Street, en la misma acera.

7 marzo, 2019|

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